18 septiembre 2011

Una experiencia inolvidable



    ¡Qué enorme alegría! Ver a tantos jóvenes, chicos y chicas, de todos los lugares del mundo, riendo, cantando y siendo felices.
   Supongo que ya habréis adivinado de qué os estoy hablando: de las Jornadas Mundiales de la Juventud en Madrid, en este agosto pasado.
   Hace unos meses todavía no tenía decidido asistir con seguridad. Los números cantan, y mi carnet de identidad me decía que ya no me encontraba entre el grupo de los jóvenes. Una vez más, un muchacho me sacó de este aprieto. Me dijo que si el Santo Padre, con 84 años, se sentía como un joven más, cualquiera de nosotros tenía ya el pasaporte para este interesante evento.
   Así que hice mi petate, y sin más dilación dirigí mis pasos hacia la capital de España. Allí iba a vivir una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Recuerdo, con emoción, que más de una vez, durante aquellos días, mis ojos se llenaron de las lágrimas de la complacencia.
   Al llegar a la estación de Atocha enseguida me di cuenta que la ciudad bullía con un encanto especial. Un ir y venir de gentes cargadas con mochilas de todos los colores, y comenzar a escuchar palabras de idiomas que no me son extraños junto a otras más incomprensibles para mí. ¿Sería aquello una nueva Babel?; pronto descubrí que a pesar de la multitud de lenguas, todos hablábamos un mismo lenguaje: el de la alegría, de la cordialidad, de la paz, de la fe.
   Éramos muchos los que habíamos llegado desde todos los rincones del mundo para compartir con el Vicario de Cristo unos días de esperanza y de oración. Las primeras citas iban a ser en torno a la plaza de Cibeles y la calle de Alcalá. Con impaciencia esperábamos al Papa, que desde hacía unas horas había aterrizado en España. Las calles estaban repletas de jóvenes, no cabía una aguja y hacía muchísima calor. Todo lo olvidamos cuando vimos aparecer el papamóvil y un fuerte estruendo lo invadió todo. Benedicto, acompañado de jóvenes de todo el orbe, hizo su entrada triunfal por la Puerta de Alcalá, puerta del mundo que se abría de par en par. Fue la primera emoción, y desde entonces vendrían unas detrás de otras.
   Al día siguiente, en el mismo lugar, rezamos con devoción el Via Crucis, sentados sobre el asfalto caliente, pero sin que nadie se quejara de lo incómodo de la situación. Recorrimos la vía dolorosa con un encanto muy especial. Imágenes sacras, representando toda la geografía española, habían llegado hasta Madrid, para que todos pudiéramos revivir ese fervor popular tan característico de nuestra Semana Santa. Y al terminar, cuando el sol ya había caído, oh!, se hizo la magia. De repente el duende andaluz apareció en las calles de la Villa. Hasta pasadas las tres de la mañana disfrutamos de una “madrugá” que paso a paso, un trono tras otro, nos ponía la piel de gallina. “La Virgen de Regla”, “La Sentencia”, “El Cristo de Medinaceli” o “El Cristo de Mena”, custodiado por la Legión, sólo por citar algunos.
   Pero lo mejor aún estaba por llegar. Había llegado el momento de cambiar de escenario. La marea de jóvenes comenzó a dirigirse hacia el aeródromo de Cuatro Vientos. Algunos partían aquella misma noche, para poder situarse en los mejores sitios. Íbamos a vivir, junto a Benedicto XVI, una vigilia de oración y la celebración de la santa Misa.
   Llegamos a aquel enorme descampado. Nunca he visto a tanta gente reunida. Dicen si seríamos cerca de los dos millones. Cada grupo, cada familia había montado su pequeño campamento y todos nos dispusimos a compartir las ilusiones y los deseos que nos habían llevado hasta esa explanada henchida de fervor y de esperanza.
   Cayó la noche; llegó el Papa y comenzó la oración. Y entonces, como si de un nuevo Pentecostés se tratara, se desencadenó la tormenta y un viento huracanado atravesó todo el recinto. Pero no hubo miedo, todos permanecimos en nuestros puestos, y en el momento de la adoración al Santísimo se hizo un silencio sobrecogedor y dimos gracias a Dios. ¡Gran emoción, muy difícil de reflejar en estas pobres palabras!
   Después llegó la larga noche, que, a decir verdad, no se hizo tan larga, gracias a los más jóvenes. ¡No os podéis imaginar! Toda la madrugada cantando y bailando al son de las guitarras y los bongos. Cientos de miles de chicos y chicas viviendo en la mayor fraternidad. Ah! Qué no se me olvide, y durante toda la noche muchos sacerdotes regalando el sacramento de la reconciliación a todo aquel que se quería acercar.
   Y sin darnos cuenta amaneció un nuevo día. Y nos preparamos para vivir la alegría del banquete eucarístico. Parecía imposible, pero aún más familias llegaron al recinto con los primeros rayos de sol.
   Todos cantábamos a una: “¡¡Esta es la juventud del Papa!!”.
   Y Benedicto nos regaló aquellas bellas palabras: “Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”; “No os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe”.
   Y en verdad que todos se pusieron manos a la obra, a la obra de Dios.
   En estos inolvidables días he vuelto a sentir que todavía queda en el mundo mucha gente buena, y en especial la gente joven.
   Esta experiencia para mí no hubiera sido posible sin la estimable compañía de mi hijo, a quien se lo agradezco de corazón.

Pepe Gosálvez Roca.

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